Orientación y desorientación en nuestras ciudades

 

Orientación y desorientación en nuestras ciudades
Orientación y desorientación en nuestras ciudades

La orientación es un atributo con el que cuentan las ciudades que las hace particulares, en la medida en que cada ciudad (y con esto me refiero a su gente y sus procesos particulares de conformación) ordena su entorno de manera diferente, por lo que no hay recetas únicas que apliquen como generalidad, sino órdenes distintos.

Usualmente, se asocia la orientación con un ambiente ordenado, equilibrado, capaz de generar una imagen mental nítida en las personas, y que, en dado caso de que estas condiciones se presenten, confiere en cada quién una sensación de seguridad y familiaridad, según Kevin Lynch (1960)1. De lo contrario, la desorientación es asociada con el miedo, la angustia y la sensación de inseguridad, de tal manera que “el terror a perderse procede de la necesidad de que un organismo móvil se oriente en su contorno”.

Esta visión quizás sea válida en contextos de ciudades como las que analiza este autor particular en un contexto estadounidense, con imágenes ambientales que cuentan con otros valores de orden, integración y forma. Por el contrario, las ciudades de nuestro contexto tienden a tener una imagen mental negativa para sus ciudadanos, con una “creciente sensación de que es un “caos” material, estético, moral, político y que suscita respuestas de planificación desde lo moral, lo autoritario y lo estético”2.

Vivimos inmersos en ciudades en las que imperan imaginarios del miedo entre las personas que diariamente las recorren y en las que difícilmente se presentan cualidades como “una imagen mental nítida” y “un ambiente ordenado”, y muy a pesar de ello, sin importar en este caso qué tan traumático resulte el proceso de orientación en un país como el nuestro (que tengo claro, puede recaer en la desesperación fácilmente) es necesario comprenderlo desde otros pilares en los que se reflejen mejor la realidad urbana que tenemos.

Encontramos entonces en el pensamiento de Guy Debord (1955) una perspectiva diferente que le da valor a elementos en la ciudad omitidos por el anterior autor, que trascienden el plano de lo formal y lo visual, y que indudablemente están presentes dentro del contexto local como determinantes de la orientación.

Lo primero en lo que se contrapone al estudio de Lynch, es en que en lugar de asociar la capacidad de construcción de una imagen ambiental nítida, recordable (imaginabilidad), con el grado de equilibrio y orden, se parte del hecho de que la ciudad es tal cual es (en cuanto a leyes y efectos del medio geográfico, esté éste organizado o no), y de esta manera, tiene una influencia directa sobre el comportamiento afectivo de los individuos hacia la ciudad. Por ejemplo, en el centro de San José, se puede notar cómo cada lado de una misma cuadra genera repentinos cambios de ambiente provocando lo que el autor llama distintas atmósferas psíquicas. Algunos de estos ambientes generan atracción y otros, repulsión, así como en determinados momentos nos sentimos orientados, y nos desorientamos fácilmente con dar la vuelta a la esquina. Es de la secuencia de estas sensaciones que se compone la experiencia común del transitar en una ciudad promedio de nuestro contexto, como producto de un entorno que crece sin un orden formal o visual aparente.

Desde una perspectiva utilitarista de la ciudad, en donde la función de la orientación es minimizar los tiempos y los desplazamientos entre nuestros destinos cotidianos, la sociedad lúdica que plantea Debord, una idealizada en la que los ciudadanos se encuentren en constante extravío como extraños re-descubriendo y re-conociendo cada vez su propia ciudad, sin factores de tiempo, espacio o miedos, aparece como un absurdo dentro de las dinámicas urbanas diarias. Sin embargo, si eliminamos lo ilusorio y pensamos en nuestras calles, su (des)orden y los quehaceres populares para dar direcciones (a partir de referencias desaparecidas muchas veces), no distamos mucho de ese vagabundeo desorientado debordiano, la diferencia está en que terminamos haciéndolo en contra de nuestra voluntad, y no por el simple placer de perderse y reencontrarse en la ciudad.

Cada vez más estudiosos de la ciudad coinciden en que ésta no es sólo su dimensión física, sino todos los sucesos históricos y socio-culturales construidos a partir de la arquitectura de la ciudad y que le dan una razón de ser dentro de la dinámica urbana. Los procesos de orientación en la ciudad y los sistemas de referencia urbanos, son unos de esos fenómenos intangibles que se construyen con el tiempo a partir de situaciones que cobran un valor simbólico para un colectivo, que si bien están asociados al aspecto físico de la ciudad, es necesario también asociarlos a los procesos imaginarios y afectivos de los ciudadanos.

“(…) pues no hay mapas de ciudad, como no hay caminos definidos que lleven a determinados lugares”3.

 

 

Referencias bibliográficas

  1. Lynch, K. (1960). La Imagen de la ciudad. España. Ed. Gustavo Gili S.A.
  2. Araya, C. (2010). San José: de “París en miniatura” al malestar en la ciudad”. Medios de comunicación e imaginarios urbanos. San José, Costa Rica: Universidad Estatal a Distancia.
  3. López, S. (2005). La Teoría de la Deriva. Indagación en las metodologías de evaluación de la ciudad desde un enfoque estético-artístico (Tesis de Doctorado, Universidad de Granada).
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