Historias de Instantes Decisivos: El Club de Libros Perdidos

Desde que se escriben las líneas “Este libro forma parte del Club de Libros Perdidos dejado en El Parque de Los Mangos por (…) Hacélo seguir” se empieza a confabular el destino que tomará por dueño el libro, cualquiera que sea el que se haya decidido salir a “perder”.

Como parte del movimiento de La Tercera Liberación Mundial de Libros, decidimos hoy unirnos a “liberar” un libro de nuestra biblioteca personal y formar parte de esta red de pequeños eventos sorpresa desencadenados en los rincones más diversos de la ciudad; una iniciativa silenciosa, que provoca una interacción anónima y por ello intrigante, entre dos interlocutores que jamás llegarán a verse a la cara, pero uno recibe del otro, el deseo de transmitir un momento de placer genuino, contenido en un libro predilecto.

Club de Libros Perdidos

Este movimiento, más allá de su objetivo principal de promover la lectura y ganar lectores, recrea relatos cortos en la ciudad como escenario, con cada quién que decide “liberar” un libro y prestarlo temporalmente a un desconocido con el afán de que éste lo vuelva a “liberar” tras leerlo. El salir a la calle decididos a buscar EL rincón insólito en donde “perderlo”, nos hace sentir justicieros del bien, por el simple hecho de hacer algo fuera de lo común por un desconocido, es decir, una buena acción, sin razón aparente para alguien que no conocemos.

Y desde el otro lado de la historia, para el que transita perdido en su propio rollo, y de repente levanta la mirada al sentir que lo están observando, cruza miradas con aquél que espera en silencio el instante decisivo en que alguien despistado lo note, yaciendo ahí sin razón alguna, sin dueño aparente, y movido por la curiosidad de dar sentido a toda una escena de absurdo y desconcierto, lo toma, lo abre, y al ver el mensaje verifica que sí, es a él a quién buscaba, al lector anónimo, que en un instante mágico asume el papel que le toca en la historia y que le da sentido y razón de ser a ese libro en particular.

Bajo el  marco de este movimiento sin diálogo entre actores sin nombres ni apellidos, me ha tocado presenciar dos historias de estos justicieros de la literatura, la primera como espectadora casual del breve instante, y la otra, como personaje principal de la historia.

Club de Libros Perdidos

En el primer caso, en un espacio público que es de esperar que den vida y continuidad a este tipo de eventos en red, en la fuente del pretil de la UCR, mejor conocida como “la fuente del ganso ahorcado”, ya que la frecuentan universitarios cuya vida diaria está mediada por las redes sociales donde se transmite la mayor parte de la difusión de este movimiento promotor de la lectura, es decir,  de “boca en boca” aunque sea ésta virtual y bajo el nombre de “muro “ o “wall”.

Mientras yo esperaba por alguien, el sujeto anónimo, co-protagonista de la primera historia, se acercó a la fuente, un tercero le sacó un par de fotos (retrato sonriente “feisbukeable” con el libro pronto a ser “liberado”) y lo colocó al pie de la fuente, y se alejaron con caras de cómplices. La primera reacción de otro espectador fue recordarle que había olvidado el libro, a lo que el sujeto le contestó “esa es la idea”. Cabe destacar que como el sujeto anónimo hizo del hecho de “perder” el libro todo un evento mediático ante las cámaras, todos los que estábamos ahí nos dimos por enterados de lo que estaba sucediendo, y el libro no tardó en encontrar a su nuevo lector temporal.

La segunda historia, donde me coloco en primera persona, justiciera número dos del día, sucedió en una tarde común en el “parque de los mangos” en Alajuela. Había un grupo adolescente practicando porrismo, lo que captaba toda la atención de las personas que en ese momento hacían vida de parque. Me senté, por un rato fui parte del elenco de espectadores del porrismo, y como quien no quiere la cosa, me levanté “olvidando” el libro en la banca más común que encontré. Pasaron 20 minutos que se sintieron como 60, antes de que un niño se acercara a interactuar con él, mas no fue lo suficientemente atractivo para él, y con toda la sinceridad del caso, se alejó. Al rato, un borrachín que con esfuerzos lograba sostenerse en sí, lo tomó,  dio dos giros buscando el dueño, y sin más cumplió la función de vector y eligió como siguiente lector al padre del niño al que el libro no fue suficientemente atractivo como para quedárselo. La reacción de desconcierto de aquél hombre fue inmediata, lo ojeó, y al leer la nota, nunca sabré si estaba enterado o no del movimiento, más tomó la decisión de formar parte de esta segunda historia de instantes decisivos.

La misión está cumplida. No queda más que vivir en la expectativa de que ese nuevo lector anónimo  disfrute de nuestro compañero de batallas tanto como nosotros.

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