Para la mayoría de las personas, San José es su centro; no es un cantón ni mucho menos una provincia. Con su condición de centro se vuelve un referente definitorio para la identidad nacional, a raíz de la centralidad institucional, política, simbólica que históricamente se ha asentado hacia este punto del país, partiendo del hecho de que la centralidad en una ciudad se da por reunir una serie de variables y condiciones; es un rol, y se refiere a un proceso, no necesariamente a una ubicación física de centralidad.

Los centros históricos son un registro vivo que conserva el testimonio del pasado y su transformación para trascender y adaptarse para convivir con el presente. Preservan la evidencia del mito fundacional que la dota de un interés patrimonial (tangible e intangible) que le da “sentido” y consistencia al espacio que vivimos, ya que el suelo que hoy transitamos ha sido testigo de innumerables capas de historias de transformación constantes que el tiempo erosiona, y da como resultado la posibilidad de hacer una lectura retrospectiva de este palimpsesto; entender la actualidad como un resultado de transformación constante de la forma y la función de la ciudad, entendiéndola como lo que “permanece a través de sus transformaciones”[1].

El centro es el espacio de cambio por excelencia. Cambia su forma, cambia su significado, en escalas de tiempo cada vez más aceleradas. “Lo que en un momento fue la ciudad toda, posteriormente fue el centro de la ciudad, hoy es el centro histórico”[2]. Este cambio en la escala de crecimiento de la ciudad y el consiguiente cambio en la función de centro histórico, ha hecho que éste sea entendido como un todo, y no a través de sus partes, como una unidad simbólica representativa de significado público que, como menciona Fernando Carrión, al ser un “espacio de todos” le otorga identidad colectiva a la población que vive en el centro y más allá del centro (espacio) y del presente (tiempo).

La diversidad o heterogeneidad es otro rasgo inherente al centro. Es un rasgo que a su vez promueve y agiliza el cambio. La diversidad entendida tanto en el aspecto físico, en las formas, estilos, tipologías y disparidades del entorno construido; en el aspecto funcional, en los usos programáticos y en sus transformaciones en el tiempo; y en el aspecto social, en el diverso bagaje de personas que recorren la ciudad, cada una atravesada por variables de edad, contexto, residencia, género, temporalidad, enriquecido aún más por las oleadas migratorias que han sido constantes y significativas en la historia del país, que han introducido una diversidad creciente en la estructura social urbana.

Es por eso que el centro es el espacio urbano por excelencia, porque es el territorio en disputa de todas estas individualidades que lo reclaman como propio, en el que todos de alguna manera tienen que encontrar cabida en un eterno conflicto de intereses y negociaciones en pos de la convivencia.

En la actualidad, San José se enfrenta a una serie de retos e interrogantes que han traído los procesos de globalización que indudablemente han impactado los estilos de vida, el acceso al consumo y por ende, las dinámicas y los fenómenos urbanos. La globalización de la economía, el conocimiento y la cultura provoca, como acotan Borja y Castells[3], la destrucción de viejas formas productivas y la creación de nuevos centros de actividad. Esto, a mi entender, se da en un doble proceso: por un lado, la expansión de la mancha urbana hace que el centro histórico, tanto en su área como en su condición de testimonio del pasado, se agote, hasta el punto en que se vuelve proporcionalmente insignificante. Recalca Koolhaas[4] que el centro no sólo es demasiado pequeño para cumplir con sus actuales obligaciones asignadas, sino que tampoco es ya el centro real, sino un espejismo en vías de implosión cuya presencia ilusoria niega su legitimidad al resto de la ciudad, condicionando la lectura hacia lo urbano al aferrarse a la idea del centro como escenario legítimo de sociabilidad y pretender conservar intacta su imagen nostálgica.

El otro proceso paralelo al anterior: mientras que el centro se achica y se agota, lo global se localiza.

La cultura cotidiana se expone en la actualidad a signos y conceptos que obligan a repensar los aspectos culturales locales desde un lugar global (lo glocal), dando como resultado la hibridación de las identidades culturales con corrientes y prácticas globales.

Las nuevas referencias urbanas: de lo simbólico a lo icónico

Las nuevas referencias urbanas: de lo simbólico a lo icónico

“La desnacionalización que viven los Estados –desde lo glocal– hace perder el carácter nacional de las identidades que generan los centros históricos, puesto que sus referentes fundamentales empiezan a ser internacionales y locales a la vez”[5]. Con los nuevos espacios de consumo (los súper, los autos, los pasajes, las plazas, los malls, los megas), en donde todo lo que se necesita está en un solo lugar, se deja de ir a San José para hacer los tradicionales recorridos de rigor; se prefieren estos espacios por la concentración de actividades, la seguridad, el ocio, bajo la condición de llegar en carro, ya que son prácticamente inaccesibles a los peatones. Esto trae como consecuencia que un porcentaje elevado de personas no caminen ni conozcan la ciudad, porque se limitan a las rutas del consumo.

Estas nuevas referencias no son el producto de años de ser escenarios de historias cotidianas portadoras de significados afectivos y nostálgicos que hablan de un pasado en el presente. Responden a nuevos hábitos de consumo y socialización, nuevos procesos de urbanización y dispersión residencial alejados de los centros urbanos (y lo histórico que queda del centro), en donde se trasladan los espacios de encuentro que solían estar en el espacio público, a entornos privados, de acceso restringido, ambientes controlados, cuya escala ya supera la escala del espacio público tradicional.

Lo simbólico se transforma poco a poco en lo icónico.

Las nuevas referencias en el modelo comercial de ciudad han ido dejado de ser simbólicas; no representan memorias compartidas por una colectividad que cobran valor por lo que les significa. Son íconos que identifican las rutas, hablan de cómo llegar a lugares. Son ampliamente conocidas por la colectividad porque también identifican los hábitos de consumo actual. Ya no denotan una familiaridad característica de los pueblos y ciudades pequeñas de las que hablaba Simmel[6] que estrechaban relaciones emocionales profundas con el entorno y el detalle de sus componentes. La memoria se ha vuelto cortoplacista con la inmediatez de la vida actual, fenómeno que también incide en los procesos de construcción de nuevas referencias urbanas.

Esto cobra más sentido cuando nos enteramos de que el centro de San José, los cuatro distritos que lo comprenden, son los distritos menos poblados del cantón[7]. La migración hacia zonas residenciales de la periferia hace que la cantidad de personas para las cuales San José es su hogar sea relativamente baja, y se ha vuelto un destino ocasional, o esencialmente laboral o de estudio o un sector de paso para más de 1 millón 100 mil personas que entran y salen o atraviesan diariamente a San José.

Estos breves lapsos de permanencia puntuales y específicos, en donde se dirige directamente al destino sin detenerse a presenciar la ciudad, provocan una incapacidad para nombrarla, reconocerla en su condición simbólica, identificar los elementos estructurales de la ciudad como vías principales, edificios, plazas y parques por su nombre y mucho menos por su relevancia histórica.

Hay autores que consideran que la racionalidad económica que modifica las dinámicas y el desarrollo urbano actual, hace que el espacio público pierda su sentido original y su capacidad de formar a sus ciudadanos en valores políticos y de convivencia. Sin embargo, la nostalgia y la mentalidad de que “todo pasado fue mejor” es de las actitudes que más condicionan y amenazan el abordaje y entendimiento de las ciudades actuales y los retos a los que se enfrentan.

Nuevos retos del centro

A manera de concluir este panorama general, se exponen a continuación algunos de los retos que enfrenta hoy San José; retos cuyos orígenes se han arrastrado históricamente, pero que sin embargo, con los procesos de globalización de lo local y las nuevas dinámicas urbanas, es momento de hacer una pausa y replantear el rumbo:

  • “O las ideas están fuera de lugar, o el lugar está fuera de las ideas”[8]. San José ha sido una ciudad pensada siempre desde el exterior, nunca desde y para sus ciudadanos y sus prácticas particulares. Su modernización estuvo sesgada por la visión europeizante de los rasgos que debía contener una ciudad para ser digna y deseable, y a partir de entonces, se ha aspirado siempre a un modelo de ciudad universal sin tomar en cuenta los rasgos que nos identifican. Se ha trabajado para ciudadanos “tipo” con ideas-prácticas que desconocen la ciudad real y a sus habitantes, lo cual es una falla que refleja la inconsistencia del modelo –desde sus objetivos hasta las disposiciones y acciones que emanan de los planes, programas y proyectos de desarrollo urbano– [9]. Es el momento para empezar a repensarnos desde un lugar propio.
  • Citando a Alexander Jiménez en “La vida en otra parte”[10]: “En el último siglo pasó tanto que este país es ahora otro. Hasta hace medio siglo tuvo una población escasa, rural, joven con trabajos poco diferenciados, una población relativamente cohesionada por las marcas de una identidad nacional que la hacía imaginarse culturalmente homogénea, blanca, pacífica, igualitaria. Luego, muchas de esas cosas fueron cambiando”.

En medio siglo nos hemos multiplicado, nos hemos vuelto plurinacionales (más de lo que ya éramos), urbanos dentro de nuestras propias lógicas locales, nos hemos sometido a la dictadura del encierro, vivimos lejos de donde trabajamos y estudiamos, las “minorías” han cobrado una voz cada vez más presente dentro de la colectividad, erradicando poco a poco los promedios, las diferentes maneras de desigualdad han hecho que el “proyecto común” sea el menos común a todos, dejamos de ser análogos y nos hemos vuelto ciber-dependientes.

La ciudad, y específicamente su centro es el espacio receptor de toda esa diversidad que ahora nos compone, como espacio en disputa en el que todos buscamos nuestro nicho, “receptáculo y crisol de culturas que se combinan en la construcción de un proyecto ciudadano común”[11] en el que debe imperar la diversidad y tolerancia que den cabida a todas las individualidades y subjetividades.

  • No todo pasado fue mejor. La nostalgia se vuelve peligrosa en la medida en que condiciona el cambio ante la resistencia de lo conocido, lo consensuado y la visión convencional del patrimonio, que opta por la preservación ante el planteamiento de nuevas formas de desarrollo. Es necesario evitar preservar por preservar, sino revalorar el patrimonio en virtud de que se incorpore a los nuevas prácticas y dinámicas actuales. Rescatar el centro de la ciudad no en términos de conservar un museo a cielo abierto, sino en su funcionalidad económica, social y de identificación cultural.

Son muchos y complejos los retos que enfrenta la ciudad de San José en la actualidad; al ser centro tiene que ser como menciona Koolhaas, al mismo tiempo el más viejo y el más nuevo; el más fijo y el más dinámico, constantemente en mantenimiento, es decir, modernizado.

 

Referencias bibliográficas

[1] Rossi, A. (1982). La arquitectura de la ciudad. Barcelona, España: Gustavo Gili

[2] Carrión, F. (Diciembre, 2008). Centro histórico: la polisemia del espacio público. Revista de la Organización Latinoamericana y del Caribe de Centros Históricos, N°2, 89-96. doi: ISSN : 1390-4361

[3] Borja & Castells (febrero-mayo, 1997). La ciudad multicultural. La Factoría, n°2.  

[4] Koolhaas, R. (1997). La ciudad genérica. Barcelona, España: Gustavo Gili

[5] Carrión (2008)

[6] Simmel, G. (set-nov, 2005). La metrópolis y la vida mental. Bifurcaciones, (4), ISSN: 0718-1132

[7] Según datos de la Municipalidad de San José (2011), los cuatro distritos centrales (Carmen, Merced, Hospital y Catedral) después de Mata Redonda, son los distritos con menor densidad de población, con 2.157 (0.6%), 11.906 (3.4%), 21.247 (6.1%), 11.656 (3.3%), 7.637 (2.2%)  personas respectivamente (los porcentajes son respecto del total cantonal).

[8] Tena, R. (2007). Ciudad, cultura y urbanización sociocultural: conceptos y métodos de análisis urbano. México: Plaza y Valdés

[9] Ídem

[10] Jiménez, A. (2009). La vida en otra parte. San José, Costa Rica: Arlequín

[11] Borja & Castells (1997)

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miguel septiembre 30, 2014 a las 22:31

Exelente la calidad de nota, evidencia la cordura con que se observa y la consciencia de nuestra realidad. Preparemos nosotros arquitectos o antropologos el terreno para eregir la nueva cultura social, plasmemos las ideas y las palabras en obras no solo arquitectonicas sino tambien literarias, creemos mas critica y debate, a ver si de una vez se le da un vuelco a esa politica historicista que venimos arrastrando hace rato ya y que en momentos globales y glocales como el presente, flaquea.

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anitaguzfer septiembre 30, 2014 a las 22:59

Muchas gracias por leernos, Miguel.
Sin duda consideramos que lo urbano no es tema solo de urbanistas y políticos. Lo urbano es tema que nos compete a todos. Hay que buscar los espacios para enterarnos y entendernos como ciudadanos.
Saludos, y gracias de nuevo por los comentarios.

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Diego noviembre 19, 2014 a las 8:43

¡Muy buen artículo! Recomiendo esta publicación: http://issuu.com/gst_va23/docs/1

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