Aproximaciones al fenómeno de la marginalidad urbana: algunas reflexiones

by Invitado on 7 abril, 2015 · 1 comment

in Apropiación del espacio público, ciudad, fenómenos urbanos, Habitabilidad, Informalidad, San José - Costa Rica

marginalidad la ciudad paralela 1

Por Manuel Morales Alpízar*

“Conciencias abiertas para aproximarnos a ciudades de puertas abiertas”

“Cada vez que queremos llegar a algún sitio, necesitamos un mapa”’ En vez de ver lo que hay que ver, terminamos viendo el mapa que llevamos dentro”[1] -C. Castaneda-

En mi profesión debo lidiar constantemente con la incertidumbre, y un desafío permanente es convertirla en un insumo positivo, en alimento y génesis de la creatividad y el pensamiento divergente. Soy consciente de que a veces esa tempranamente inoculada falta de familiaridad para con la incertidumbre nos hace caer ocasionalmente en la tentación de forzar los silogismos para dar sentido y forma “racional” a ideas y abstracciones que están apenas en proceso de gestación. En este sentido, someter a reflexiones cada vez más profundas planteamientos e inquietudes relacionados con estudios complejos como el de los asentamientos y comunidades urbano-marginales implica trabajar desde una perspectiva de incertidumbre-creatividad basada, en gran medida, en la paradoja.

¿Cómo podemos definir el abordaje de una temática cuyo tratamiento tradicional ha sido para mí, precisamente, motivo de profundas discrepancias intelectuales hacia contextos académicos y técnico-profesionales? ¿Cómo delimitar los enfoques sobre estos temas, cuando a lo que se aspira es, justamente, a romper parte de las limitaciones epistemológicas y conceptuales que siguen demarcando un perímetro técnico-teórico a mi parecer bastante estrecho todavía sobre el tratamiento de los mismos desde la perspectiva del ordenamiento territorial, el planeamiento urbano y la arquitectura?

Dice la epistemóloga argentina Denise Najmanovich[2]:

La complejidad no puede restringirse a un paradigma. Tampoco es una colección inconexa de saberes ni una cosmovisión estática. Intentar abarcar la complejidad es lo mismo que pretender atrapar la infinitud. Sin embargo, esta afirmación no supone que no podamos tener una comprensión global de lo complejo. Lo que no podremos jamás es tener una representación ni hacer una descripción. Sí es posible entender cabalmente esta forma global de la naturaleza que se nos presenta como un entramado dinámico y autopoiético que nos incluye. Es por eso que hablo de una estética de la complejidad, pues en todos aquellos abordajes que intentan honrar lo complejo hay una afinidad de estilo basada en el hecho de considerar como punto de partida la unidad diversa de la naturaleza y la implicación del observador en lo observado. Es por tanto una estética paradójica, vital, dinámica e implicada.

¿Cómo mantenemos un enfoque de unidad diversa en la exploración de nuestros “objetos” de estudio? ¿Cómo hacemos para no perder la implicación y la subjetividad? Un aspecto clave, a mi parecer, es cambiar el enfoque de “objetos de estudio” cuando nos referimos a temas urbanos por uno de contextos y fenómenos. Según Edgar Morin, todas las ciencias, todas las artes esclarecen cada una desde su ángulo el hecho humano. Pero estos esclarecimientos son separados por zonas de sombra profundas, y la unidad compleja de nuestra identidad se nos escapa (…) Así, es el modo de conocimiento lo que inhibe nuestra posibilidad de concebir el complejo humano[3]. Evidentemente, cuando hablo de explorar comunidades urbano-marginales me refiero a hechos primordialmente humanos, que son reflejados y dimensionados en una compleja multiplicidad de formas a través de las configuraciones del hábitat, la arquitectura y los tejidos socioespaciales que las conforman.

Para Nicklas Luhmann[4], la autopoiésis supone un paradigma teórico que, aplicado a sistemas sociales, supone un carácter auto-referencial que no se restringe al plano de sus estructuras, sino que constituye por sí mismo los elementos constituyentes. Así, mientras en los sistemas biológicos la auto-referencia se corresponde con la auto-reproducción, en los sistemas sociales ésta es constituida por el significado, que es a su vez producido por diferencias procesadas que permiten seleccionar entre la oferta de significado. Luhmann postula que la comunicación es el mecanismo a través del que las diferencias entre información, oferta de significado y comprensión se funden como unidad. Esto resulta sumamente significativo teniendo en consideración que la configuración humana del hábitat es, a la vez que medio y fin, un mecanismo de comunicación social.

Cuando hablamos de contexto debemos incluir el entorno político, histórico, cultural y de otras índoles en los cuales consideramos los hechos y fenómenos. De éste dependen en gran medida el sentido y el valor que les otorgamos. Al hablar de fenómenos, y más específicamente de fenomenología, me refiero a las posibilidades que ésta puede ofrecer como enfoque complementario de exploración. En este sentido, la aproximación de Christian Norberg-Schultz a la fenomenología de los lugares constituye un recurso que vale la pena indagar a través de los recursos de nuestra propia experimentación. Éste hace referencia frecuente al concepto de “genius loci”, o “espíritu de lugar”. En la mitología romana, el genius loci es un espíritu protector (que suele representarse con forma de serpiente), aunque en algunos cultos el genius loci de todo el imperio se consideraba como equivalente al genio del emperador. Actualmente, éste se asocia más al carácter de un lugar, entendiendo el carácter como un efecto no solamente del espacio (con su materialidad, su constitución formal y sus bordes), sino también como una función del tiempo (vinculado con las condiciones cambiantes del sitio y su entorno).

Norberg-Schultz[5] se refiere a la palabra “lugar” como algo más que una abstracción de ubicación. Lo amplía a una totalidad hecha de fenómenos concretos, que tiene substancia, materia, forma, textura, color… Todas ellas relacionadas determinan un carácter ambiental, que es la esencia del lugar. Por lo tanto, un lugar es un fenómeno cualitativo “total”, que no podemos reducir a ninguna de sus propiedades. No obstante, las aproximaciones funcionalistas -tan comunes en nuestro medio- suelen dejar por fuera la identidad particular de los lugares. Olvidamos muchas veces que al ser totalidades cualitativas de naturaleza compleja, los lugares no pueden describirse únicamente por medio de conceptos analítico-científicos, y se pierde la noción del mundo “viviente” que debería ser la preocupación real de las personas en general, y de los planificadores urbanos y arquitectos en particular. Norberg-Schultz propone el método fenomenológico como salida a este impasse, y en su famosa frase “la arquitectura pertenece a la poesía”, manifiesta la importancia de cultivar en los quehaceres de esta disciplina una actitud mayor de búsqueda constante de nuevas metáforas, narrativas y recursos dialécticos para seguir abriendo nuevas vetas en la construcción colectiva del conocimiento, la evolución de nuestros saberes y el enriquecimiento de nuestros pensamientos y acciones a través de la diversificación. Morin dice también que el conocimiento de lo humano debe ser a la vez mucho más científico, más filosófico y en fin mucho más poético de lo que es. Así mismo, asevera que la realidad humana es producto de una simbiosis entre lo racional y lo vivido (…) “Lo real no es real más que si está saturado de valores” (J. Gabel). Ahora bien, los valores no son valores más que saturados de afectividad. De este modo, nuestra realidad es una co-creación en la que la afectividad aporta su parte (…) La vida humana necesita la verificación empírica, la corrección lógica, el ejercicio racional de la argumentación. Pero necesita ser alimentada de sensibilidad y de imaginario.

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Usuarios haciendo fila en las afueras del EBAIS en La Carpio

Procuro acercarme, con estos argumentos, a la exploración de preguntas tales como:

  • ¿Cómo plantear un abordaje (approach) de los fenómenos emergentes y característicos de los asentamientos urbano-marginales, más sistémico y complejo del que se ha venido manejando en los medios académico, profesional e institucional?
  • ¿Cómo llevar ese planteamiento y su abordaje al ámbito académico y a procesos de capacitación de las comunidades, como un aporte dinámico e interactivo a la construcción colectiva de nuevos conocimientos, alternativas y oportunidades sobre el tema?
  • ¿Cómo fomentar una mayor concienciación acerca de los fenómenos de la marginalidad urbana en esos ámbitos, y a partir de éstos estimular en los futuros profesionales una orientación más humanística de las políticas, planes y proyectos que inciden sobre los mismos?

Existen amplios y difusos marcos teóricos que procuran hilvanar explicaciones consistentes para la emergencia y evolución de los fenómenos de la marginalidad urbana, pero es en las confluencias de la inter-y-transdisciplinariedad que suelen rasgarse sus costuras epistemológicas. Y más particularmente, es en la implementación técnica y la aplicación ejecutiva del conocimiento (en el campo y en la práctica) donde esta falta de articulación entre saberes y enfoques suele verse reflejada en errores y falacias dramáticos.

Muchas veces, al asumir nuestro papel de “consultores expertos” nos autoborramos del universo estudiado en aras de una objetividad espuria y de una ilusión reduccionista de la “realidad” urbana. Algunas entidades involucradas con el urbanismo parecieran andar en busca todavía de una “partícula elemental” de la ciudad, y la limitante estandarización de visiones y procesos sigue siendo un condicionamiento altamente eficaz que hemos heredado de la Escuela de Chicago y del Movimiento Moderno en general. El sociólogo Manuel Castells, en “La Cuestión Urbana[6]“, comenta que las ciudades no son sólo un fenómeno físico, un modo de ocupar el espacio y de aglomerarse, sino también lugares donde ocurren fenómenos expresivos que entran en tensión con las pretensiones de racionalizar la vida social. Pero cuando se habla de esquemas o modelos explicativos de la ciudad y sus fenómenos, existe una tendencia generalizada a evitar reconocer que éstos muchas veces reflejan nuestro propio modo de ser y estar en el mundo, que incluso ejercen fuertes sesgos e impactos sobre indagaciones que parten de marcos teóricos preconcebidos como fijación o consolidación de las visiones urbanas. Se pierde con ello frecuentemente la riqueza y potencial de un enfoque más explorativo y plural, uno que reconoce abiertamente que nuestros modos de ser y estar en el mundo (nuestro “morar en el mundo”) interactúan e inciden con intensidad variable sobre nuestros entendimientos, sobre aquello que aceptamos y lo que rechazamos como “conocimiento”.

Najmanovich argumenta que la concepción representacionalista ha reducido el conocimiento al reflejo, y el objetivismo ha limitado el saber humano a una imagen o producto estandarizado. Al engrillar el saber dentro de marcos teóricos, ya sean mecánicos o estructurales, quedan invisibilizados los procesos en su devenir, las mediaciones e interacciones, los cambios cualitativos, los vínculos transformadores, los límites permeables[7]. El medio profesional/institucional nos obliga generalmente a utilizar siempre una gramática impersonal donde los “datos” cantan, los “hechos” demuestran, el experimento “arroja” resultados, cuando bien sabemos que sólo las personas pueden hablar, creer en demostraciones o interpretar resultados. Michael Brunet va incluso más allá cuando dice: la ausencia de pruebas no es la prueba de la ausencia.

Tampoco debemos caer, no obstante, en la tentación de pretender validar a priori cualesquiera opiniones o subjetividades ligeras bajo estos argumentos. El estudio de los fenómenos de la ciudad y de la marginalidad urbana ameritan y requieren de una gran rigurosidad, honestidad intelectual y profundidad analítico-sintética. A una aguda capacidad de abstracción debe integrársele una conciencia amplia de contexto, movilidad de punto de vista y de la trascendencia de nuestro mirar sobre la vida de personas y comunidades que no son hipotéticas o teóricas; son reales, existen, fluyen y devienen sobre un campo existencial afín al nuestro, al vaivén de las oscilaciones del vivir y de la incertidumbre. Al habitar el insondable océano de la metrópolis, estamos todos a expensas de corrientes y mareas que difícilmente reconocen muros y fronteras administrativas y que, por ende, nos involucran inexorablemente como tejido de esa colectividad.

Najmanovich, en sus escritos sobre “estética de la complejidad” emplea también la metáfora de la “cartografía dinámica” para interpretar el “ser en el mundo”[8], nuestras relaciones y recorridos, además del concepto de “configura-zoom”, para pensar el proceso cognitivo a través de un estilo de indagación que permite elucidar y producir un conocimiento en un sentido más contextual, ajustando parámetros de visualización y visibilización, con un sistema de enfoque plural, multidimensional y desde una “movilidad del punto de vista”: configurar implica el poder acceder a distintas perspectivas, incluyendo cortes transversales y movimientos de barrido, elección de escala y modo de interacción.

Morin, con su enfoque de “bucles de retroalimentación” y en sus descripciones de la riqueza del encuentro complejo de la humanidad en todas sus contradicciones, nos invita también a pensar mejor el destino de la identidad humana en un contexto de globalidad y globalización. Nos insta a explorar los modos de superar las limitaciones de la visión dualista de la realidad, de entender y valorar el potencial intrínseco de algunas paradojas. Para ello, sin embargo, es preciso recordar, como dice Najmanovich, que esta transformación colectiva presenta grandes dificultades porque pone en primer plano las relaciones de poder, porque hace visibles y por lo tanto cuestionables y modificables, los presupuestos sobre los que se ha construido la sociedad moderna (…) La epistemología representacionalista funciona como un supuesto ideológico clave del sistema de dominación. Más aún, la noción misma de epistemología resulta cuestionable porque presupone que existen conocimientos privilegiados y superiores.

En el ajuste de parámetros de visualización y visibilización, con frecuencia nos apoyamos en categorías y andamiajes conceptuales/metodológicos que nos permiten aproximarnos a distintos niveles de configuración. Entre otros, podemos citar patrones, estructuras, redes, flujos y procesos, e incluso añadir una perspectiva adicional: la del significado. Debemos recordar que los asentamientos urbanos son organizaciones humanas, y como tales constituyen sistemas sociales vivos en “redes de comunicaciones autogenéticas”, como menciona Capra[9]: al estudiar los sistemas vivos desde la perspectiva de la materia, la estructura material de un sistema vivo es una estructura disipativa, es decir, un sistema abierto que opera lejos del equilibrio (…) Desde la perspectiva del proceso, los sistemas vivos son sistemas cognitivos, en los que el proceso de cognición está íntimamente ligado al patrón de autopiésis. Capra define a las organizaciones humanas como sistemas vivos cuando están organizadas como red, o si contienen redes más pequeñas en su interior. Ésta es una condición muy característica de los asentamientos precarios, cuyos habitantes no solamente se auto-organizan en redes multiniveladas de interacción e intercambio, sino que van edificando y transformando su hábitat a través de diferentes significados y “dimensiones” de ciudad. Me refiero aquí a dimensiones no como sectores o unidades geográficas necesariamente, sino como fenómenos de convergencia en donde ocurre todo tipo de encuentros y relaciones permanentes, puntuales e intermitentes.

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Frutería y verdulería en La Carpio

Como ocurre en otras instancias, las comunidades que habitan estos asentamientos dependen de altas dosis de creatividad, flexibilidad y adaptación al cambio para su supervivencia. La vida al margen de la formalidad-legalidad les obliga a establecer alianzas estratégicas temporales y mecanismos de cooperación en donde las diversas partes de esas redes se recombinan y entrecruzan continuamente y cooperan y compiten a la vez las unas con las otras. Son redes en proceso continuo de autogeneración, que van creando contextos comunes de significado, conocimientos compartidos y normas de conducta; todo ello proporciona a sus miembros una identidad colectiva y ámbitos claramente delimitados que sienten como propios (arraigo + sentido de pertenencia).

El teórico de la organización Etienne Wenger denomina “comunidades de práctica” a estas redes sociales autogenéticas. Se refiere al contexto común de significado, más que al patrón de organización a través del cual se generan: a medida que los individuos se empeñan a lo largo del tiempo en una empresa común, van desarrollando una práctica común, es decir, formas de hacer las cosas y de relacionarse compartidas, que les permiten alcanzar el objetivo deseado. Con el paso del tiempo, esta práctica común resultante acaba convirtiéndose en un vínculo reconocible entre los implicados[10].

Entre las prácticas comunes que se manifiestan en los asentamientos urbano-marginales, son poderosamente reveladoras la ocupación de los terrenos invadidos, la resistencia inicial al desalojo forzado y la posterior configuración, desarrollo y consolidación de la trama urbana. Estos aspectos implican la existencia de una organización sumamente compleja, que por su carácter espontáneo y emergente suelen subestimarse cuando son vistos desde “el exterior”, y cuyo potencial intrínseco como experiencias de aprendizaje colectivo se suele pasar por alto también a la hora de implementar programas institucionales de formalización (de su condición jurídico-administrativa) y regeneración urbana. Según Wenger, la comunidad de práctica se caracteriza por tres aspectos: implicación mutua de sus miembros, empresa común y -con el paso del tiempo- repertorio compartido de hábitos, normas tácitas de conducta y conocimiento. Capra amplía: la generación de un contexto común de significado, conocimiento compartido y normas de conducta caracteriza la “dinámica de la cultura”, la cual incluye la creación de un ámbito de significado y, por ende, de una identidad entre los miembros de la red social, basada en el sentido de pertenencia, constituye la característica definitoria de la comunidad[11].

Cuanto mayor es la implicación de las personas en las redes informales, y cuanto más complejas son éstas, más capacitadas están las organizaciones para aprender, responder creativamente a circunstancias nuevas inesperadas, cambiar y evolucionar. Las estructuras informales son en muchas ocasiones redes de comunicaciones fluidas y fluctuantes, que incluyen formas no verbales de implicación mutua en tareas comunes a través de las que se intercambian habilidades y se genera el conocimiento compartido. Una vez más, estamos hablando aquí de valores comúnmente omitidos en la práctica institucional, académica y/o profesional.

Si algo tienen de particular los barrios urbano-marginales por lo general, es una dinámica social sumamente diversa y rica. A diferencia de los patrones de aislamiento y segregación socioeconómica que han venido modificando el paisaje cultural y la morfología en general del Gran Área Metropolitana, en estos barrios la heterogeneidad sociocultural, el encuentro e intercambio interpersonales, el contacto con los otros, el uso compartido del espacio público y la vida “puertas afuera” siguen conformando las texturas predominantes del tejido comunitario. Por supuesto, hay factores que contribuyen decisivamente a este fenómeno, como el hacinamiento habitacional, costumbres rurales aún arraigadas en muchas familias y la necesidad de movilizarse a pie y/o mediante transporte público, entre otros. Pero encaramos una enorme contradicción de propósito y sentido cuando vemos que repetidas veces los planes y esfuerzos de regeneración/mejoramiento urbano terminan por restarles calidad de vida comunitaria a sus habitantes, en favor de elevar sus “indicadores de bienestar”, vistos desde la estandarización y la homogenización. Instituciones y organismos relacionados con el tema continúan midiendo el rendimiento de sus programas sociales desde perspectivas demasiado asistencialistas (con la amenaza latente y consecuente del clientelismo político y la corrupción), en detrimento de los impactos verdaderos que podrían estar ejerciendo, tales como el aumento de las oportunidades para los beneficiarios de sus proyectos e inversiones. Por ejemplo, suelen sacarse numerosas conclusiones a partir de mediciones cuantitativas, como los indicadores de “necesidades básicas insatisfechas” (NBI) de los hogares y familias, pero rara vez se hace una lectura cruzada o compleja de éstos o de su interrelación con los fenómenos y dinámicas sociales, culturales y urbanas del lugar como factores asociados también a un contexto en cambio y flujo permanentes.

Construcción de nuevos conceptos y metáforas.

Es necesario ayudar a construir una nueva conceptualización a partir de las hibridaciones presentes en estos entornos y lugares. Una visión de “genius loci” encierra la promesa de romper los paradigmas de la homogenización, para reencantarnos con el espíritu de los lugares, que es animado y cultivado por los ritmos y compases de su gente. Decía Schopenhauer que “la arquitectura es música congelada”… Bien podríamos ampliar la metáfora al afirmar que los asentamientos humanos informales son, con frecuencia, música sonante y en proceso de composición; música que vibra con la danza de comunidades inquietas  que aspiran a conquistar la dignidad que les ha sido negada por la formalidad (legalidad). En contrapunto, esa des-composición de la que tanto hablan los medios de prensa[12] y la sociedad en general para referirse muchas veces a estos sitios, la percibimos más en residenciales encerrados por agujas y grandes murallas, en los que todo ocurre puertas-y-rejas adentro. Esos barrios exclusivos que transpiran miedo, sospecha de los otros y ostracismo en su entramado y sus arquitecturas. Esos barrios de consumidores, no de ciudadanos, en los que hemos ido perdiendo cada vez más algo muy valioso que sí solemos encontramos en los otros barrios que suelen ser retratados como “indeseables”: el sentido de convivencia, el contacto humano y el arraigo a un hábitat más vivo, por “caótico” que pueda parecernos desde afuera. Y mientras tanto, seguimos desde ese “afuera” promoviendo escenarios de atención de la marginalidad que apuntan frecuentemente hacia las farsas del mercado inmobiliario que nos venden hiperrealidades carentes de experiencias “verdaderas”; fantasías del “urbanismo disneylandia”[13] que nos empuja tratar de llenar esos vacíos de contenido consumiendo todo tipo de prótesis afectivas en los malles y en redes de contacto virtuales.

En la actualidad vemos cada vez más muestras de cómo el control y el comercialismo van de la mano en la colonización del espacio público de la ciudad dual y formal. Los sociólogos insisten en denunciar la perniciosa artificialidad que se oculta tras lo que Paul Golderberg, (crítico de arquitectura del New York Times) ha calificado como “entornos urbanoides”: entornos que ofrecen una experiencia urbana filtrada: reproducen la ciudad real, pero evitan sus aspectos más desagradables (García Vázquez).

A lo largo de los años, he recibido algunas críticas a estos enfoques divergentes de la marginalidad urbana, y en ocasiones se me ha reclamado por hacer una aparente “apología de la pobreza” y de la informalidad urbana, o por cierta pretensión de creer que la relación de los habitantes en estos asentamientos con el lugar es, en algún sentido, “animista”. Evidentemente, no es así. Pero no debemos omitir que, con frecuencia, ésta suele edificarse sobre cimientos emocionales fuertes, y en la base de heterotopías que Michael Foucault define como los espacios por excelencia del mundo contemporáneo: el espacio en el que vivimos (…) es un espacio heterogéneo. En otras palabras, no vivimos en una especie de vacío, dentro del cual localizamos individuos y cosas, (…) vivimos dentro de una red de relaciones que delinean lugares que son irreducibles unos a otros y absolutamente imposibles de superponer[14]. García Canclini[15] va un poco más allá cuando plantea que las ciudades se construyen, pero también se configuran con imágenes. La ciudad se vuelve densa al cargarse con fantasías heterogéneas. La ciudad se desborda y se multiplica en ficciones individuales y colectivas. Asevera, además, que la ciudadanía cultural también se organiza a partir de una cultura formada en los actos e interacciones cotidianas, y en la proyección imaginaria de estos actos en mapas mentales de la vida urbana (…) La cultura urbana es prepolítica, preestructural, se reduce a pequeños espacios.

No podemos obviar que los compromisos que asumimos con lo urbano suelen llevar una carga de emotividad relacionada con recuerdos, vínculos afectivos sociales o familiares, la cercanía geográfica o con los imaginarios que constituyen nuestros mapas mentales, emocionales y perceptuales de la ciudad que habitamos, recorremos, disfrutamos y padecemos. Es común ver cómo al emprender una persecución frustrante de la objetividad o la imparcialidad en los análisis técnicos, en ocasiones se nos van develando poco a poco muchas de las trampas sutiles inherentes a esos hábitos incuestionados de la “racionalidad” y el “realismo”. Hábitos que la formación académica tradicional impone como vías de lo correcto y lo profesional. Se requiere de una voluntad más amplia y de un cambio de mirada para estar alertas a esos momentos en que se nos desgrana toda clase de premisas, lugares comunes, arquetipos y clichés, conforme tomamos conciencia de que aquello que nos ufanamos muchas veces en llamar “conocimiento objetivo” está atestado de prejuicios, valores y sesgos derivados de nuestros entornos vitales; a veces inculcados por los medios familiar, social, cultural, de comunicación, etc. Cuando nos abrimos a nuevas posibilidades, solemos ver cómo a los colapsos intelectuales les sigue muchas veces un auge creativo, con procesos de hallazgos propios y colectivos, autodescubrimientos que frecuentemente alcanzan niveles de catarsis fascinantes.

Una construcción de nuevas narrativas, conceptos y metáforas para provocar enriquecimientos epistemológicos pasa también por la ruptura de fronteras entre la teoría y la práctica, y la retroalimentación en bucle de ambas. Al disolver la dicotomía teoría-praxis se licuan también los lugares de poder de los académicos. Lo que no implica una falta de valoración de su saber y su forma de hacer, sino la reconfiguración de los modos de producción de saber y los lugares de poder. Honrar la complejidad nos lleva a una transformación radical de las relaciones entre el investigador y el colectivo, pues en lugar de una aséptica y distante descripción teórica, se trata de construir una sabiduría entramada, capaz de pensar y actuar en las situaciones de vida en su infinita variedad (Najmanovich). Así mismo, podemos referirnos a las conexiones y resonancias potenciales y latentes en las confluencias de la transdisciplinariedad.

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[1] Castaneda, Carlos. Abrir las Alas de la Percepción. En: Nueva Conciencia.

[2] Najmanovich, Denise. La complejidad: Ética, Estética y Política. De: la Revolución del Saber Contemporáneo.

[3] Morin, Edgar. (2003). El Método V. La Humanidad de la Humanidad. Madrid: Ed. Cátedra, 1era. Edición.

[4] Luhmann, Niclas. (1989). Essays on Self-Reference. New York, Columbia University Press.

[5]  Norberg-Schultz, Christian. (1979). Genius Loci. Towards a Phenomenology of Architecture. New York: Ed. Rizzoli.

[6] Castells, Manuel. (2004). La Cuestión Urbana. México: Editorial Siglo XXI.

[7] Najmanovich, Denise. La complejidad: Ética, Estética y Política. De: la Revolución del Saber Contemporáneo.

[8] Norberg-Schultz habla de “estar en el mundo”; me interesa hacer más adelante una reflexión sobre estas interpretaciones y sus diferencias/semejanzas.

[9] Capra, Fritjof. (2002). Las Conexiones Ocultas. Barcelona: Editorial Anagrama.

[10] Wenger, Etienne. (1998). Communities of Practice. Cambridge University Press.

[11] Capra, Fritjof. (2002). Las Conexiones Ocultas. Barcelona: Editorial Anagrama.

[12] García Canclini se pregunta: Pero ¿cuánto del discurso periodístico sobre nuestras ciudades es lo que dicen las autoridades o los medios, y cuánto se concede a lo que los actores sociales de base, los ciudadanos, piensan o hablan de ella? (García Canclini, Nestor 1997. Imaginarios Urbanos. Buenos Aires: Ed. Universitaria de Buenos Aires).

[13] García Vázquez, Carlos. (2004). Ciudad Hojaldre. Visiones Urbanas del Siglo XXI. Barcelona: Edit. Gustavo Gili.

[14] Foucault, Michael. (1986). Of Other Spaces. Diacritics No.16.

[15] García Canclini, N. 1997. Imaginarios Urbanos. Buenos Aires: Ed. Universitaria de Buenos Aires.

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* Manuel Morales Alpízar es arquitecto, consultor y docente universitario. Cursa actualmente un doctorado en educación para la tercera cultura, con énfasis en mediación pedagógica.

Labora en Simbiosis como consultor en proyectos de diseño arquitectónico, urbanismo, desarrollo sostenible y gestión comunitaria.

Ha colaborado en consultorías, para organismos y fundaciones nacionales e internacionales, sobre planificación urbana y territorial, gestión ambiental, gestión organizacional y política pública en vivienda y asentamientos humanos.

Es profesor en talleres de diseño, cursos de formulación y gestión de proyectos, y colaborador en las comisiones de acreditación, currículo y acción social de la Escuela de Arquitectura de la UCR. Ha trabajado como investigador en el Programa SOS del Instituto de Investigaciones en Ingeniería.

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