Mecanismos de Defensa (3)
La máxima expansión (o al menos la más abrupta) de la mancha urbana de San José, se dio hace apenas una generación. Llegó con ella una nueva arquitectura, funcionalista, eficiente y sobre todo rentable, regalo del modernismo / amiga del progreso (esa extraña idea que motivó tantas cosas). Quedan pocos edificios, y quedan pocas personas, previos a esa transformación, que más que física, fue social y política.
Esos pocos recordatorios de la capital que talvez fue, muestran signos de “época” en su exterior. No se puede hablar de un solo “estilo”, pero sí hay características que permiten reconocer que se trata de edificios viejos. Entre estas sobresale el uso de ornamento en las fachadas como herramienta de distinción con respecto al entorno inmediato, entre otras funciones.
Las construcciones de principios de siglo XX, o previas, que se reconocen popularmente como históricas o patrimoniales en San José, generalmente tratan de emular la ornamentación de las tradiciones estilísticas europeas. Ejemplos que físicamente no se parecen, por ejemplo la actual Cancillería y la Estación de Trenes al Atlántico, son parte de un mismo fenómeno. La costumbre, aún tan vigente, de importar (por voluntad) modas europeas en la arquitectura costarricense, probablemente data de esa época en la que por primera vez hubo una clase social consolidada que viajó, vio, y deseó, pero ante todo pudo construir más que lo necesario.
Sin embargo, hay arquitectura de esos periodos, que aún existe, cuya única ornamentación está en las rejas y los portones En el sector de La Soledad, a diferencia de zonas tradicionalmente de clase alta ( como Barrio Amón), los edificios previos a la explosión demográfica-comercial de San José tienen fachadas planas con ventanales simples; si les quitamos las rejas queda poco o ningún ornamente, a pesar de que era lo que la moda de la época impulsaba a hacer.
Ante esto es fácil lanzar algunas hipótesis. Es posible que las rejas fueran la manera más accesible, económicamente, de ornamentar, en una época que no se caracterizaba por el vandalismo o la inseguridad. Si bien es muy probable que se dieran situaciones de este tipo ocasionalmente, es posible (¿por qué no?) que la función de proteger no fuera la única razón que incitara a la gente a colocar rejas en sus fachadas.
Por una parte, en La Soledad y sus alrededores, sobreviven hoy en día y siguen en uso, unos cuantos edificios evidentemente no recientes, sin rejas. Por otra parte, las semejanzas entre las rejas de los edificios que se sabe son de un mismo periodo (principios de siglo XX) dejan entredicho que eran pocos los fabricantes o que había una tradición estilística consolidada a la hora de diseñar-fabricar dichos elementos. Además no se trata de diseños con metal que intenten emular estilos europeos, como el Art-Nouveau por ejemplo, pues a pesar de haber curvas, generalmente son figuras simples que se repiten y contrastan con la fachada “dura” generando patrones geométricos sin mayor afán de representar algo.
¿Podríamos hablar entonces de un lenguaje de ornamentación propio? Todavía no estoy seguro, pero sí estoy casi convencido de que este tipo de rejas fueron “moda”, probablemente entre las clases medias de entonces, cuyos espacios no los construían arquitectos al tanto de las corrientes europeas de finales de siglo XIX, sino artesanos y constructores locales, con tradiciones consolidadas en el manejo de materiales y herramientas específicas, y sin tradición ni formación académica alguna.

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