Lo util en la preservacion arquitectonica - la ciudad paralela

 

La utilidad y la obsolescencia han sido criterios de evaluación determinantes al decidir la permanencia o no de objetos arquitectónicos y sectores completos de nuestros entornos urbanos. A partir de las primeras expansiones de los centros urbanos, y su eventual “modernización”, la decisión de si un edificio era demolido o no, estuvo generalmente basada en la capacidad de este para albergar determinadas actividades, dejando de lado valores formales, o simbólicos. Esto coincide con la visión modernista, en la que “la arquitectura existente no era capaz de satisfacer las necesidades y demandas del momento”[1]. La forma arquitectónica, según los ideales modernistas, era “el resultado de un proceso lógico en el cual las necesidades y técnicas operacionales se encontraban”[2], por lo tanto los objetos arquitectónicos eran vistos como soluciones físicas a problemas funcionales. Aquello que no fuera funcional (en relación al programa arquitectónico), no era útil, y por lo tanto perdía vigencia. Si bien se podría argumentar que en la actualidad son más los esfuerzos y las razones por preservar arquitectura con valor histórico o patrimonial, la lógica sigue siendo la misma: Se preserva lo útil. Lo que realmente ha cambiado es la definición de utilidad con la que se evalúa la arquitectura.

Sin contraponerse o eliminar del todo la razón funcional-operacional para la preservación de edificios y  conjuntos urbanos, aparecen otros valores que se están reconsiderando para determinar la utilidad o no de estos. La utilidad operacional, aún vigente mas ya no exclusiva, tradicionalmente se asocia al rechazo de las formas históricas, que según Colquhoun, la arquitectura adoptó de las teorías del arte expresionista.[3] Estas planteaban una ruptura con el pasado, y por lo tanto conducían a que la memoria histórica fuera, en muchísimos casos, absolutamente irrelevante a la hora de decidir el futuro de un edificio. Esto, asociado a la creciente demanda inmobiliaria en los centros urbanos, debido al crecimiento poblacional e inmigraciones, llevaría a que por razones económicas, se diera una serie de demoliciones de edificios “viejos” para dar paso a construcciones “modernas”, más rentables.

A partir de lo anterior, es pertinente aclarar que “el capital, es por su naturaleza y por la historia, el creador de la moderna propiedad inmobiliaria”[4]. Esto condiciona cualquier otro valor que se le asigne a una edificación, especialmente de propiedad privada, pues se asume que la tenencia de los edificios se basa en que estos representan acumulación o ingreso de capital. La ciudad de San José es uno de muchísimos ejemplos de esto, no solo a nivel arquitectónico, sino también a nivel de morfología urbana, pues “fueron los intereses privados los que dieron nueva forma a la capital, fuera de los límites cuadriculares coloniales”[5].

Lo útil está ligado a lo rentable, y por lo tanto la rentabilidad determina lo que permanece o se reemplaza (o cómo lo existente se transforma). La diferencia con la concepción modernista de utilidad, radica en que en la actualidad se valoran otras características de los edificios que también resultan atractivas para la inversión privada e institucional pública. Por ejemplo, se dice que actualmente se valora a las estructuras existentes por un asunto de economía de recursos y de reducción de desechos (gastos); que se busca revalorar los edificios viejos, antes que demolerlos.[6] Si bien esto podría relacionarse con argumentos ecologistas, resultan las razones más apegadas a la realidad económica actual, y que podrían generar beneficios económicos de forma más directa al propietario.

Además de la economía de esfuerzos y recursos ya mencionados, existen motivos más relacionados al valor histórico que se le da a las edificaciones. La memoria se vuelve útil cuando se vuelve rentable o cuando adquiere un valor instrumental para quienes gestionan la ciudad. Por un lado, actividades económicas como el turismo o el comercio inmobiliario se aprovechan de una revalorización mediática de las formas y estilos históricos, para atraer inversión. Por otra parte los planificadores, así como los políticos, ven en la imagen urbana  de sectores históricos, una oportunidad para generar recursos y reforzar discursos. Dicha revalorización de lo histórico, en ocasiones, adopta la visión de Alois Riegl, para quien “cualquier artefacto, sin importar su significado original y propósito, puede considerarse un monumento, siempre que revele el paso de un periodo considerable de tiempo”[7].

Esta consideración de lo histórico, resulta bastante adaptable para fines políticos, ya sea como herramienta de “corrección cultural”[8] en la que un gobierno o grupo de poder busca reforzar identidades y redefinir pasados, o como herramienta de planificación y gestión urbana. La memoria se vuelve atractiva para quienes administran la ciudad porque se vuelve una herramienta de control de lo construido, y a la vez se vuelve excusa para no intervenir desde el punto de vista urbanístico[9], pues se antepone la preservación al planteamiento de nuevas alternativas de desarrollo (como en el caso de los centros históricos).

Tanto las diversas razones que revalorizan la memoria histórica, como la economía de recursos, y la tradicional, y aún vigente, funcionalidad operacional, no se pueden comprender fuera de un esquema económico capitalista con tintes neo-liberales. Lo útil de un edificio, en la actualidad, no se puede separar de la dinámica inmobiliaria, y de los criterios que esta impone para valorar una propiedad. Si bien cuando surge el modernismo se valora lo útil en términos de adaptabilidad para la producción, en la actualidad, es probable que la arquitectura se valore, además, por aspectos simbólicos y económicos que incentiven la compra y venta de propiedades. El arquitecto relacionado a trabajos de preservación y renovación de estructuras es, bajo esta lógica, alguien que interpreta las necesidades del mercado y a quien se le reconoce según su capacidad de aumentar el valor del inmueble. Para poder cambiar dicho rol, debemos estudiar el modo en que operan diversos actores que se benefician de la actividad del arquitecto en el campo de la preservación, para negociar con estos propuestas que aporten más a la ciudad y que no se vuelvan simples objetos de consumo de los propietarios.

 

 


[1] Bie Plevoets y Koenraad van Cleempoel. “Adaptive Reuse as a strategy towards conservation of cultural heritage: A survey of 19th and 20th century theories,“ 2011. Accesado el 21 de junio de 2013. doclib.uhasselt.be/dspace/bitstream/1942/13554/1/adaptive%20reuse%20as%20a%20strategy%20towards%20conservation%20of%20cultural%20heritage.pdf

[2] Alan Colquhoun, “Typology and Design Method” en Essays in Architectural Criticism: Modern Architecture and Historical Change (Cambridge, Massachussets: MIT Press, 1981), 48.

[3] Colquhoun, “Typology and Design Method,” 48.

[4] Carlo Aymonino, “El Estudio de los Fenómenos Urbanos,” en Textos de Arquitectura de la Modernidad, ed. Pere Hereu et al. (Madrid: Editorial Nerea, 1994), 421.

Publicado originalmente en Carlo Aymonino, Lo Studio dei Fenomeni Urbani (Roma: Officina Edizioni, 1977).

[5] Florencia Quesada Avendaño, La modernización entre cafetales: San José, Costa Rica, 1880-1930 (San José: Editorial UCR, 2011), 232.

[6] Daniel Abramson (2009). “Obsolescence and the Fate of Zlín,” en A Utopia for Modernity: Zlín, ed. Katrin Klingan y Kerstin Gust (Berlin: JOVIS, 2009), 164.

[7] Thordis Arrhenius, “The Cult of Age in Mass-Society: Alois Riegl’s Theory of Conservation,”  Future Anterior: Journal of Historic Preservation, History, Theory and Criticism. Vol.1 No.1. (2004): 75-81.

[8]  OMA, “Beijing Preservation Study,” 2003. Accesado el 25 de noviembre de 2013. http://oma.com/projects/2003/beijing-preservation

[9] Lucia Allais, “The “Evolution” Clause,” Log No.5 (Spring/Summer 2005): 59-63.

 

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