flickr.com/anitaguzfer

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Por Marcela Vargas*

 

“No puede ser / Esta ciudad es de mentira / No puede ser que las brujas sonrían a quemarropa / y que mi insomnio cruja como un hueso / y el subjefe y el jefe de policía lloren /  como un sauce y un cocodrilo respectivamente / no puede ser que yo esté corrigiendo las pruebas / de mi propio elogiosísimo obituario / y la ambulancia avance sin hacerse notar / y las campanas suenen sólo como campanas.

No puede ser / Esta ciudad es de mentira / O es de verdad / y entonces / está bien / que me encierren.

{Fragmento_ Esta ciudad es de mentira. Mario Benedetti}

No crean que no he conocido la sensación de estar tras las rejas. Desde niña esa ha sido mi realidad, y el primer plano a través del cual vi pasar la vida en mi barrio. En la casa en que vivía cuando tenía 4 años,  jugué con el único vecino que conocí en mi vida a través de las rejas que separaban nuestras casas. Mi parque era el garaje,  mi play la imaginación. Las visitas al Parque de la Paz o al Polideportivo de San Francisco de Dos Ríos se daban solamente en ocasiones especiales,  la primera con mis abuelos donde me tiraba del monte con un pedazo de cartón,  volaba cometas y lanzaba burbujas de jabón al aire; y la segunda, en diciembre, para probar los juguetes de navidad.

Mis experiencias con el espacio barrial se reducían a andar en bici en la acera en frente de mi casa, bajo la estricta supervisión de mi padre,  situación que casi siempre terminaba en un proceso de negociación para poder cruzar la calle a la acera del frente y expandir la experiencia ciclística. El mensaje siempre era el mismo,  ¡Cuidado con los carros!, los cuales, por cierto, pasaban cada muerte de obispo.  Era una calle más de paso dentro del barrio. Entiendo, ahora, la preocupación de mis padres, anticipando el peligro y protegiéndome; pero al mismo tiempo, estaban respondiendo a una condición urbana que estaba enfermando nuestras ciudades:  el poderío del vehículo automotor reinaba sobre nosotros los mortales peatones. Siempre y hasta el momento, envidio a amigos y familiares que tuvieron una vida de barrio totalmente distinta:  juegos con otros niños,  amigos de barrio,  correr y jugar en la calle, o una simple mejenga.  Para mi eso es un cuento fantasioso, casi un mito urbano, como igual lo es para muchos niños en la actualidad.

Mi barrio era mi casa. Recuerdo que después de la escuela, terminaba de almorzar y me sentaba en el vestíbulo que daba a la calle a esperar que algo se asomara furtivamente al otro lado de la rejas de la puerta de entrada. En ocasiones, planeaba mi ruta de escape al exterior,  incluso una vez logré sacar mi cabeza a través de las rejas, pero mi cuerpo no se decidió a hacerse más pequeño y dejarme salir de mi prisión infantil.

En mi infancia viví otras cárceles,  igual que muchos de ustedes,  el portón principal de mi kinder y luego de mi  escuela era una reja,  donde afortunadamente a las dos de la tarde permitían horarios de visita para los padres.  Esa ansiedad de poder ver entre el mar de caras, el rostro del salvador,  algunas veces mi madre, otras mi padre,  que venía a recogerme para trasladarme a la casa cárcel donde vivíamos. El dramatismo pudiese sonar extremista o absurdo para aquellos que, como yo, hemos nacido y vivido en un mundo cercado por rejas y mallas.

Con el paso del tiempo, el modo de separar el afuera con el adentro por medio se volvió la norma. Los reto a que encuentren un parque sin malla,  una casa sin rejas. La enfermedad del encierro social se propagó con nuevos síntomas:  rótulos alertando sobre perros bravos,  alambre navaja doble o incluso triple si se podía costear,  alambrado electrificado, alarmas,  combinaciones múltiples de llavines y candados,  y finalmente muros  casi medievales que fortifican y protegen nuestras vidas del peligroso afuera no solo rodeando nuestras casas, sino también nuestros barrios.

Las ciudades amuralladas y la compulsión humana de proteger los bienes propios no es un asunto nuevo,  para nada. Pero la gran diferencia es que en esos tiempos el espacio fuera de la muralla era abierto,  libre y de encuentro con las demás personas del pueblo. Caminar y deambular eran actividades placenteras y formaban parte de la vida. Hoy esas actividades se vuelven un calvario, casi un deporte extremo, en donde el que llegue con vida de su casa a su trabajo caminando gana la competencia contra una ciudad donde las calles están en mejor estado que las aceras y donde el peatón debe pedir permiso a los conductores para transitar.

La crisis de nuestras ciudades medievales del siglo XXI, yace en el abandono y la baja calidad del espacio público. El modelo de ciudad modernista cambió las reglas de juego; afectando negativamente las relaciones sociales que en ella se daban, donde como mucho expertos han caracterizado como la pérdida del derecho a la ciudad, diagnosticada con ciudadanos paranoicos y plagados del miedo hacia el afuera y el otro. A este fenómeno lo llamo “El estado carcelario inverso” donde a voluntad,  abrumados y cegados por el bombardeo mediático de la inseguridad ciudadana,  diseñamos pequeñas cárceles donde dormir,  trabajar, jugar y estudiar.

En un proyecto de recuperación del parque ubicado entre el Colegio Calasanz y el Liceo J.J. Vargas Calvo (San Pedro, Montes de Oca, 2011-2012) en el cual estaba trabajando, uno de los objetivos fue demoler la malla que lo limitaba para transformar ese material en mobiliario urbano. Esta idea provocón una reacción negativa y temerosa por parte de los vecinos, quienes ante tan insólito hecho respaldaban el fenómeno carcelario inverso. Al consultarles sobre el porqué se había encerrado el parque con una malla,  estos respondían que era para que los indigentes y drogadictos no pudieran entrar, y así hacer el parque fuese más “seguro”. Sin embargo cuando se les preguntó que si van al parque,  respondieron con un rotundo no, que les daba miedo; encontrando una clara contradicción a la razón original de la malla.

Recuerdo que uno de los vecinos se mostró de con la existencia de la malla, porque según él, el contar con únicamente dos accesos le facilitaba el trabajo a los policias de atrapar a los “indeseables”. Tristemente este vecino, así como muchos de ustedes, no consideró que esta situación podía tener un efecto de inseguridad para quien quisiera disfrutar del parque;  permitiéndole por ejemplo a los asaltantes aplicar la misma técnica que los policías. La cuestión es que muchas veces las decisiones tomadas para combatir los miedos, tienen un efecto negativo en el uso de nuestros parques,  mientras para unos genera una sensación de seguridad, para otros crea un ambiente inseguro y de encierro. La malla en lugar de salvar al parque, lo estaba matando. Meses después, cuando finalmente demolimos la malla,  vecinos y transeúntes  que pasaban por el parque nos redescubrieron su parque; destacando lo abierto y agradable que era,  el cual nunca había sido considerado de esa forma, y en algunos de ellos ni siquiera habían percibido su existencia.

Muchas veces me he preguntado porqué elegí el rumbo de la arquitectura, habiendo poder escogido una carrera más sencilla, menos estresante y mejor pagada. Otras veces cuestionado y reflexionado la razón detrás del querer mejorar los espacios públicos, una causa perdida para muchos y un último tema en la agenda política nacional. Ahora, habiendo reflexionado sobre mis cárceles de vida, entiendo la motivación que me alimenta. Quiero sanar a la ciudad, al barrio, al parque; pero más allá, quiero sanar a los ciudadanos de su miedo y liberarlos de su encierro mental y desinterés. La palabra clave que busco es libertad espacial. El cómo lograrlo, se ha vuelto una interrogante desde mis dos profesiones,  arquitectura y docencia.

Aquellos que han tenido la oportunidad de viajar al extranjero,  y visitar ciudades como Medellín,  Copenhague o Roma reconocen que la experiencia de la ciudad se vive en las calles y en sus espacio públicos, ahí afuera donde acá les da miedo salir.  La razón detrás de ello está en la calidad de sus parques,  en la priorización de los espacios peatonales y el hermoso paisaje natural y construido que ameniza nuestros recorridos.

Tenemos que darnos cuenta que todos estamos viviendo una condena de “casa por cárcel” y les propongo que reflexionen sobre las oportunidades que estamos perdiendo viviendo encerrando el adentro y espantando el afuera. Nuestra meta como ciudadanos,  arquitectos y políticos debe ser sanar la ciudad, invirtiendo en espacio público de calidad,  cercenando los derechos del vehículo y priorizando la ciudad de encuentro y placer. Yo por mi parte pretendo hacer algo que reinvindique mi infancia tras las rejas, espero que usted,  lector y compañero de celda, también.

*Arq. Marcela Vargas Rojas, es profesora de la Escuela de Arquitectura de la UCR, y representante docente de la oficina AQ-VIDA de la Escuela de Arquitectura. Su investigación de licenciatura se enfocó en estrategias integrales de renovación urbana para el espacio público barrial a través de la participación, visibilización y empoderamiento de los jóvenes adolescentes de las zonas urbanas (Caso Liceo de Moravia, San José). Su investigación fue exhibida en el 24º Congreso Mundial de Arquitectura de la UIA en Tokio en septiembre, 2011. Proyecto de renovación urbana integral de espacios públicos Microgeografías Urbanas – video (2010-2012). Entre sus intereses investigativos están los procesos de planificación y diseño con jóvenes y espacio público, convivencia urbana, y enfoques políticos de la práctica urbano-arquitectónica tales como Pedagogía de la Ciudad y Derecho a la Ciudad. Actualmente dirige el Seminario de Graduación “Patrones de distribución territorial del Arte Graffiti: un estudio comparativo” (2013-2014). Además, recientemente ha publicado su blog personal “Derivas: incertidumbres, reflexiones e ideas de lo urbano y la arquitectura

 

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