Apuntes sobre lo urbano: espacio público, ciudad y reglamentos

by Invitado on 4 junio, 2015 · 2 comments

in ciudad, Espacio Público, fenómenos urbanos, Gestión Urbana, San José - Costa Rica

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Por Manuel Morales Alpízar*

Cuando Jean Baudrillard hablaba sobre cómo las esencias de los hechos humanos han desaparecido de las ciudades, se refería, en gran medida, a esta creciente artificialidad que va provocando en nosotros, sus habitantes, una inmensa nostalgia por lo real. Un fenómeno que se disimula, a la vez que se exacerba, por el hecho de que en la ciudad del espectáculo nos ocupamos tanto de absorber por los sentidos, que raras veces nos cuestionamos críticamente nuestra situación en el mundo.

En esa hiperrealidad, los hiperespacios generados por la euforia posmoderna han hecho de la arquitectura edificatoria un catálogo de envolturas que son poco más que muestras prêt-à-porter de la obsesión por el ensimismamiento y la separación del exterior, nómadas que ya no ocultan su grosera indiferencia por la ciudad que les rodea (a la que no les interesa aportar lo mínimo). Son espacios de consumo, encierro y/o producción, revestidos de interioridades temáticas que se nos ofrecen como relleno efímero de identidades diluidas. El urbanismo disneylandia acercándose a su máximo esplendor, celebrado como ‘desarrollo y progreso’ desde una masa encandilada por luces, marcas y maquetas de ciudad amurallada. Una sociedad auto-recluida celebrándose en ridículas caricaturas de ciudades medievales esculpidas en honor a sus temores, fobias e inseguridades

La defensa a ultranza que se hace en estos días de los entornos urbanoides, que buscan ofrecer experiencias de ciudad filtradas de conflictos e ‘impurezas’, son reflejo claro de una sociedad que ha terminado de aceptar -y de adoptar- como modelo viable -y deseable- de ciudad el del “archipiélago carcelario”. Una sábana de retazos mal cocidos que se va extendiendo sobre un suelo saturado hasta la asfixia, al que el ansia de los desarrolladores va privando de sus facultades con una resistencia descarada a las regulaciones y la planificación. Porque la medida del éxito en nuestra economía sigue siendo el “crecimiento”, en vez de la optimización. Un fetiche que nuestra política ha asumido como dogma, santo y seña del camino al “bienestar”, haciendo gala de una visión cada vez más asistémica, empañada por clichés y empeñada en arquetipos que se siguen replicando como prescripciones válidas pese a múltiples y acumulativas evidencias de fracaso.

Del espacio compartido al “espacio partido”

El mercado inmobiliario y los centros comerciales han sabido explotar muy bien esa obsesión por la seguridad, encauzando hacia el interior de sus microciudades, malles y ‘gated communities’ la vida urbana que anteriormente se desarrollaba en el espacio público, y que era compartida por la ciudadanía en general. La predilección por el enclave revela una creciente lucha por la territorialidad no compartida, y su tendencia es a la segregación del espacio urbano según estratos socioeconómicos; eso que suelen vendernos como “exclusividad”. Y una de las principales víctimas de ello, innegablemente, es el espacio público. Y es peor aún, cuando ese espacio es re-mutilado por el aparato público, por el mismo Estado, al enrejar las plazas de sus edificios institucionales, amurallar escuelas y colegios, o al violar sistemáticamente el derecho a la ciudad ejerciendo sobrecontroles absurdos en los ámbitos urbanos. Porque cuando un Estado opta por tomar esas medidas, el mensaje que está lanzando a la ciudadanía es uno de resignación, de que la lucha contra la inseguridad está perdida, y que la única respuesta viable es la de profundizar nuestro aislamiento dentro de las esferas de lo privado, renunciando a la vida pública – en comunidad.

Es así como muchos de nuestros espacios metropolitanos reproducen la elegía del desarraigo posmoderno. Y en la búsqueda de un universo ‘estable y seguro’ en qué encontrar sentido a tanta megalomanía andan divagando también nuestros gobernantes, dando palos de ciego en laberintos de ambigüedad mientras los desarrolladores hacen las delicias de amplios sectores embriagados por el cáliz de la inalienable y sacrosanta propiedad privada. Le han vendido a los consumidores, con una facilidad impresionante, la idea de que actualizar regulaciones rancias sobre el fraccionamiento y desarrollo de urbanizaciones y condominios atenta contra sus derechos y contra el bienestar de la propiedad privada, cuando es justo lo contrario. Planificar a favor de un mayor equilibrio en el sistema ciudad beneficia no sólo lo público y colectivo, sino que indirectamente ayuda a proteger plusvalías y a mejorar la calidad de vida de quienes ya de por sí se sienten favorecidos por su situación actual.

Es difícil imaginar en qué planeta creen que viven quienes continúan pensando que un entorno deteriorado no genera impacto alguno dentro de sus predios privados, o que la marginalidad urbana es un problema que nos les afecta intramuros. El modelo de microcolonias exclusivas que va transformando el GAM en un armatoste indescifrable de ocurrencias, modas, discontinuidades y vacíos, genera deseconomías urbanas, daños ambientales, afecciones sociales, disfuncionalidades viales y problemas de salubridad, entre otros problemas profundos, cuyos impactos deben ser luego absorbidos a través de más impuestos y tributos. Es decir, los pagamos todos/as.

De lo “participativo” y lecciones no-aprendidas

Un problema de la forma en que se siguen promoviendo las regulaciones, en numerosos casos, es la débil interpretación que se hace desde el sector público de los procesos participativos. Un esfuerzo real de “participación” da contenido al proceso en la medida en que junto con las acciones de socialización desde la institucionalidad hacia el conjunto social, se da un flujo efectivo en el sentido inverso. No se puede hablar de una verdadera participación en el proceso de planificación sin una incorporación funcional al sistema de elementos del conjunto social que resultan de una estrategia que les permite actuar de manera sistemática desde el hábitat. Aún cuando se trata de instrumentos normativos de carácter técnico, se requiere de algo más que períodos de exposición, información pública o recolección de avales y datos; se requiere de mayor una participación del proyecto y en el proyecto, con una acción social de formación dirigida a capacitar al conjunto social para llevarla a cabo.

Viendo la reciente encrucijada en que se encuentran actualmente las propuestas de actualización de algunos reglamentos urbanos, me queda la sensación de que se ha aprendido poco del calvario del PRUGAM/POTGAM/PLANGAM… En estas propuestas hay esfuerzos muy valiosos y conscientes de personas sumamente capacitadas, pero al parecer con una estructura detrás muy débil en términos estrategia política y de comunicación.

También hay que entender que un reglamento -o una ley- nunca es garantía de solución (mal haríamos en otorgarles esa posición). En estos casos, es poco más que un esfuerzo por hacer operativa una serie de principios que se cree importante proteger o promover en un contexto espacio-temporal determinado. ¿Cuáles son esos principios y a quién le corresponde interpretarlos en sus aplicaciones técnicas? Esas son preguntas básicas (que refieren, otra vez, al tema de la participación) que tal vez debamos volver a hacernos en medio de esta coyuntura, teniendo en cuenta que la nuestra es una sociedad polarizada, pero con un tremendo miedo al conflicto y escasa tolerancia a las incertidumbres.

No se trata aquí, de ninguna manera, de rescatar aquella modernista fijación por el orden funcional y la normatividad obsesiva, sino de interesarnos por los espacios públicos y de la colectividad, por ese hábitat que es de todos/as, con todo y sus espacios multidimensionales, desordenados, descontrolados y densos. De reencantarnos con esos entornos urbanos donde la cercanía física es inevitable, y nos convertimos en seres activos que aprendemos a lidiar con las diferencias no solo para sobrevivir, sino también para vivir la fascinación inherente a esas comunidades múltiples, incoherentes, conflictivas (pero no por ello violentas).

Es decir, todo lo contrario de esas no-comunidades encerradas y artificiales que venimos promoviendo como única respuesta a una ciudad que hoy nos desconcierta y nos empuja al ostracismo urbano, entre otras razones, porque durante décadas ha sido concebida, ‘diseñada’ y desarrollada principalmente por un sector inmobiliario -me atrevo a decir- negligente y sin control. Un sector en muchos casos sumamente irresponsable, ventajista y desbocado en la obsesión de utilidades de corto plazo que lo ciegan ante una crisis sistémica que viene alimentando y que de no cambiar, tarde o temprano, terminará por pasarle una factura costosísima… que igualmente nos va a tocar pagar a todos/as, porque es muy evidente que tampoco hemos querido aprender las lecciones de la crisis que bajó del Norte hace ya casi 8 años.

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* Manuel Morales Alpízar es arquitecto, consultor y docente universitario. Cursa actualmente un doctorado en educación para la tercera cultura, con énfasis en mediación pedagógica.

Labora en Simbiosis como consultor en proyectos de diseño arquitectónico, urbanismo, desarrollo sostenible y gestión comunitaria.

Ha colaborado en consultorías, para organismos y fundaciones nacionales e internacionales, sobre planificación urbana y territorial, gestión ambiental, gestión organizacional y política pública en vivienda y asentamientos humanos.

Es profesor en talleres de diseño, cursos de formulación y gestión de proyectos, y colaborador en las comisiones de acreditación, currículo y acción social de la Escuela de Arquitectura de la UCR. Ha trabajado como investigador en el Programa SOS del Instituto de Investigaciones en Ingeniería.

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Edgardo B junio 4, 2015 a las 12:01

Excelente articulo. En que momento nos transformamos en estatuas de concreto… como anhelo la ciudad de carne y hueso, ese olor a tierra mojada tras la lluvia.

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