"una aldea alrededor de un teatro"

“una aldea alrededor de un teatro”

Bajo la premisa de la condición efímera de las referencias urbanas, tanto en su dimensión física como simbólica, se elige el Teatro Nacional como caso para ponerla en perspectiva, en vista de que es un elemento arquitectónico que fue concebido como respuesta a una necesidad imperante para la sociedad burguesa que detentaba el poder en su momento, y ha permanecido desde entonces jugando un papel simbólico distinto conforme suceden las generaciones. A partir de la construcción de esa radiografía espacio-temporal del Teatro, se busca poner en relieve los procesos socio-culturales que se entretejen alrededor de un elemento urbano-arquitectónico que lo hacen trascender para llegar a ser una referencia que proporciona orientación en la ciudad, y cómo, por el contrario, las dinámicas urbanas pueden también evolucionar en nuevas condiciones y restarle este rasgo a una referencia.

En la primera parte de la Costa Rica del siglo XIX, se contaba con una escasa tradición de eventos culturales, debido a las condiciones extremas de pobreza que atravesó el país en la Colonia, además de la fuerte censura con la que las autoridades de la Iglesia controlaban las manifestaciones artísticas de la época. San José era en general una ciudad con pocos eventos que la sacaran de su aletargada dinámica cotidiana. Salvo las actividades religiosas, los escasos días de mercado y las fiestas cívicas, eran las peleas de gallos, los juegos de azar y las corridas de toros las diversiones comunes, que no hacían distinción de clases sociales, ya que eran concurridas desde el campesino más raso hasta el mismo presidente (Quesada, 2011, p. 41).

Posteriormente, a mediados de siglo el país atravesaba una economía prometedora con las primeras exportaciones de café al Viejo Continente, lo que permitía que los primeros jóvenes costarricenses pudieran estudiar en el extranjero y traer de vuelta una nueva perspectiva ante el arte y la cultura, lo que empezó a despertar un ávido interés por abrir espacios a otro tipo de diversiones y espectáculos (Fischel, 2010, Antecedentes Históricos, párr. 6). Es así como el Presidente Mora lidera un cambio cultural progresista en la época a través de la cultura que materializa con el primer teatro formal en la ciudad, llamado en su honor Teatro Mora (1851) hasta su fusilamiento en 1860, donde pasa a llamarse Teatro Municipal.

Este teatro proveyó de entretenimiento a los josefinos hasta 1888 cuando fue destruido por un terremoto y San José quedó sin una sala adecuada para espectáculos, y las compañías internacionales dejaron de tomarla en cuenta como destino de sus giras. La gota que derramó el vaso e hizo que creciera el interés por dotar a la ciudad de un teatro adecuado para espectáculos de primera categoría fue la negativa de la diva Adelina Patti (soprano italiana considerada una de las cantantes más brillantes de su tiempo) a presentarse en el país por no tener una sala adecuada, que con eso pateó el orgullo de la socialité josefina de finales del siglo XIX y creció el interés por construir un teatro a la altura (Fernández, 2013, p.145).

Es así como se yergue el Teatro Nacional (1897), en una sociedad mayoritariamente modesta y labriega, motivado por la vanidad de la clase oligarca. En una no tan ciudad como lo era San José en aquél entonces, en la que convivían cafetales, tejados y uno que otro edificio de dos pisos, automáticamente el teatro se convirtió en una referencia urbana, tanto por su escala y estética, como por su valor simbólico. “Cada pequeña ciudad aspiraba tener uno como prueba de su rango de urbanización y cultura” (Gutiérrez en Troyo, Fonseca et al., 1998). Desde el punto de vista material, un viajero, Jacinto Benavente que visitó brevemente el país en 1923, describió San José como “una pequeña aldea alrededor de un gran teatro” (Benavente en Láscaris, 1985, p.73). Esta imagen deja en claro la proporción del teatro respecto de su entorno, cuyas aspiraciones de grandeza viajaban más rápido que lo que el entorno construido podía avanzar.

Desde el punto de vista simbólico, el Teatro Nacional representaba los ideales de cultura y progreso a la que aspiraba la élite josefina, que tenía un esquema de valores liberal materializado en conceptos importados del modelo eurocéntrico. Es así como este ícono arribista moldea distintos anhelos y perspectivas en la sociedad costarricense. Para la burguesía, era un espacio de diversión, alcurnia y sociabilidad; para las clases populares era objeto de curiosidad y completa novedad, a quienes se les ofrecía “un espacio marginal –galería–, en el cual debían comportarse de acuerdo con los valores de la burguesía” (Fonseca et al., 1998, p. 297).

Esta curiosidad y novedad que despertaban las compañías de teatro internacionales que visitaban el país, fueron retratadas por el periodista español Ignacio Trullás y Aulet en su libro “Escenas Josefinas” (1913) que describía como “breves paréntesis de agitación” que turbaban la paz de la capital (p. 15). La expectación que provocaba en la imaginación de los caballeros las bailarinas (sobretodo) y los músicos era tal que se volvía el tema de conversación por los meses que tardara en llegar en barco y luego en tren, para que finalmente, al pasar la espera y la expectativa, se volvía más atractivo para una población inculta, el matar el rato en las cantinas de barrio, como “La Magnolia” o “La Favorita”. La gran referencia urbana, terminaba siendo para el común popular un tema que daba de qué hablar en la cotidianidad lenta y pausada desde su carácter noticioso, mas no porque hicieran un uso presencial del espacio y sus proyecciones culturales.

El teatro fue siempre un espacio de segregación. Segregación socio-espacial en la distribución clásica en torno a la cercanía y visibilidad con respecto del escenario según el precio que se pagaba por asiento, desde la luneta (más cerca), butaca, palcos, y finalmente galería (más lejos). Desde siempre el acceso fue restringido por una reja, mencionada inclusive por Trullás y Aulet, quien visitó por primera vez el teatro “una tarde que la verja estaba abierta de par en par, como invitándome a que entrara” (p. 24), por lo que ni el teatro ni su atrio fueron nunca espacios apropiables que formaran parte de la cotidianidad, bajo la que pudieran construirse afecciones simbólicas en los ciudadanos. Por el contrario, la interacción con las personas era meramente una relación visual, asociada a noches de pompa reservadas para un sector muy exclusivo.

Es así como desde la construcción simbólica, el Teatro Nacional siempre ha sido asociado a adjetivaciones como “coloso”, “monumental”, “catedral del teatro costarricense”, “la joya de Costa Rica” (Arroyo, 2011), asociado a los espectáculos inscritos a las bellas artes, que ha servido como pretexto para darse licencias de exclusividad a lo largo de la historia, que empiezan a ser cuestionadas a partir de lo que se considera digno el costarricense común.

el "coliseo cultural" en la San José actual

el “coliseo cultural” en la San José actual

En la década de los setentas y ochentas, se busca replantear el concepto de cultura bajo el criterio de selección de los espectáculos que históricamente ha albergado el Teatro Nacional, siempre asociados al concepto clásico europeo “del más alto nivel artístico”, entendiéndose ópera, ballet, música de orquesta, con programas de mayor apertura social para descentralizar la cultura. Surgen así conceptos como “Teatro al aire libre”, “Cultura en los parques”, “Casas de cultura” y Festivales (de coreógrafos, por ejemplo) que diversifica los espacios de acceso a la cultura y da mayor cobertura en el país.

“Estamos, claro está, ante un producto del dogma de la intocabilidad del Teatro Nacional. Deberían pensar en la posibilidad de cerrar las puertas de este edificio convertido por unos cuantos en un hermoso fetiche, ya que se considera que tan sagrado local se encuentra mucho más arriba que los intereses del público”. (Venegas, 1978, 15A)

Este aspecto de “intocabilidad” del teatro, se evidencia en la celebración de su centenario en donde se proyectaron en una pantalla gigante en la Plaza de la Cultura (espacio público justo a la par del Nacional) los eventos que se presentaban en vivo dentro del teatro (Arroyo, 2011), para que quienes no pudieran acceder económicamente a los mismos, pudieran presenciar su cuota de cultura digna, mas permanecer fuera del perímetro del magno recinto.

El llevar cultura popular a donde se encuentra la gente a través de la descentralización, y conservar el papel histórico del teatro como “museo de las bellas artes”, provoca una relación cada vez más impersonal con este patrimonio que poco a poco se va volviendo un desconocido. Además, con el crecimiento que ha vivido la ciudad hasta la actualidad, su singularidad se pierde entre la cantidad de otros objetos arquitectónicos que, aunque quizás de una construcción más austera o desprovistos de un carácter “magno”, contienen un valor simbólico de mayor peso ciudadano, construido a través de la convivencia y la sociabilidad.

"La Plaza de las Palomas"

“La Plaza de las Palomas”

Tal es el caso extremo que se presenció (a manera de anécdota para aclarar el punto), en un bus de San José – San Pedro, en el que un hombre adulto hablaba por teléfono con otro, intentando ponerse de acuerdo en qué punto de San José encontrarse. El primero le decía “veámonos en la plaza de las palomas”. Al ver que el otro no sabía cuál era “la plaza de las palomas”, insistió: “sí, en la plaza, donde hay palomas… ¡LA PLAZA DE McDONALD´S!”. A lo cual, finalmente entendió a qué espacio urbano se refería.

La Plaza de las Palomas, es la Plaza de la Cultura, un rico espacio urbano adjunto al costado Norte del Teatro Nacional. Hacia el lado opuesto al Teatro, existe un McDonald´s muy concurrido ya que se alimenta de uno de los flujos peatonales más transitados de San José, la Avenida Central. Este McDonald´s tiene la particularidad de que su fachada es prácticamente ausente; se abre de par en par sin ningún tipo de segregación física, y quien sea, sin importar condición económica, etiqueta o moral, puede acceder a pasar un rato en un espacio que prácticamente se hace uno con el espacio público.

En este sentido, la construcción de un referente de orientación no sólo está sujeto a su condición física o formal; está asociada también a las vivencias cotidianas que se entretejen a su alrededor, a la posibilidad de accesarlo o interactuar con él, en la medida en que éste sirva de escenario para la cotidianidad.

Un espacio tan burdo como podría considerarse un McDonald´s, se vuelve una referencia urbana de mayor peso simbólico en la actualidad bajo el modelo comercial de ciudad, en la medida en que es más accesible y apropiable que un recinto monumental como el Teatro Nacional, de acceso restringido y condicionado por su valor económico.

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Referencias Bibliográficas

ž   Arroyo, L. (2011). ¿Teatro Nacional: espacio excluyente o aglutinador? La construcción de una ficción. [Registro web]. Obtenido desde  http://huellasculturales11.wordpress.com/trabajos-de-los-estudiantes-ii-semestre-2011/el-teatro-nacional-por-lucia-arroyo/

ž   Fernández, A. (2013). Los muros cuentan: crónicas sobre arquitectura histórica josefina. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica.

ž   Fischel, A. (2010). En Rovinski, Y. El Teatro Nacional de Costa Rica: su historia. Recuperado el 12 de junio de 2014, de https://www.teatronacional.go.cr/docs/historiaTN.pdf

ž   Láscaris, C. (1985). El Costarricense. San José, Costa Rica: Educa.

ž   Quesada, F. (2011). La Modernización entre Cafetales: San José, Costa Rica, 1880-1930. San José, Costa Rica: Universidad de Costa Rica.

ž   Troyo, E., Fonseca, E., Barascout, E., Sanou, O., Quesada, F., Garnier, J., et al. (1998). Historia de la Arquitectura en Costa Rica. San José, Costa Rica: Fundación Museos del Banco Central.

ž   Trullás y Aulet, I. (1913). Escenas Josefinas. San José, Costa Rica: María V. de Lines.

ž   Venegas, E. (1978, febrero 22). El problema de la cultura popular. La Nación. p. 15A, Comentarios.

 

 

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Rafael Araya febrero 21, 2016 a las 10:49

Excelente articulo.
Nos hace pensar en lo q debería ser relevante para el costarricense y no para la sociedad actual influida por la cultura norteamericana e inclusive en tiempos actuales por la europea.
No es mucho lo que se puede agregar a tan completo artículo, solo agradecer a la autora por sacar de nuestro subconciente esa necesidad de retomar lo relevante del “ser costarricense”
Una publicación que todos los q digamos ser “ticos” deberíamos leer, analizar y compartir.

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