Algunas ideas sobre la orientación en la ciudad

by anitaguzfer on 23 julio, 2013 · 0 comments

in Espacio Público, fenómenos urbanos, Orientación, paisaje urbano, referentes simbólicos

El sentido de la orientación, uno de tantos sentidos con los que contamos sin darnos cuenta, es un tema del que no se ha teorizado en exceso y poca asociación ha tenido con el contexto y movilidad urbanos. Mucho se ha escrito sobre cómo se vuelve un equipo de sobrevivencia innata para contar con la noción de dónde nos encontramos en medio de un ámbito agreste, asociado con tribus primitivas o piratas de otros tiempos en mar abierto. En este sentido, es, definitivamente, un rasgo primitivo que satisface las más básicas necesidades vitales, que nos conecta con la más remota necesidad de sobrevivir en lo salvaje, movido por la necesidad de organizar la información de donde nos encontramos, para hacerla reconocible, identificable, y poder movilizarnos conscientemente para llegar a otros destinos en buenos términos.

Referentes de orientación

Referentes de orientación

Sin embargo, la orientación es una práctica que llevamos a cabo a diario con diferentes grados de dificultad según la familiaridad que tengamos con la porción de ciudad a la que nos estamos enfrentando. En los recorridos cotidianos de la casa al trabajo, al mercado y de vuelta a la casa, el sentido de orientación se adormece, y realizamos los trayectos ya movidos por la inercia de lo conocido. Pero siempre tomamos una ruta particular guiada por esquinas reconocibles formalmente, o por elementos urbanos a los que les guardamos cariño asociados a alguna historia en la que sirvió de escenario, o porque existe un rasgo que nos llama la atención de los sentidos. Eso también es orientación, y es precisamente, la esencia de la orientación: otorgar rasgos o cualidades afectivas a elementos una vez desconocidos y homogéneos.

Ahora, no hay orientación sin puntos de referencia, o en su defecto, esos rasgos afectivos que varían según la escala, es decir, desde los referentes de una persona y su relación con la ciudad, hasta los referentes compartidos por una globalidad mundial, pasando por escalas de barrio, distrito, cantón, país y región.

Es cuando un colectivo de personas comparte las mismas referencias urbanas, cuando éstas ya no sólo cumplen el papel de orientar, sino se vuelven elementos identitarios del paisaje, llegando a conformar geosímbolos o landmarks, que implican pautas u ordenamiento en el territorio, como podrían ser el monolito Pan de Azúcar en Río de Janeiro o el volcán Popocatépetl en México, referentes geológicos visuales para toda una porción extensa del territorio con los cuales las personas se llegan a sentir “en casa” al divisarlos a la distancia. Efecto similar tienen elementos urbanos como la Torre Eiffel o el Obelisco de Buenos Aires, que gracias al valor afectivo otorgado por las personas asociado a la identidad, se llegan a incorporar incluso, en las estrategias para mercadear la imagen de país y promoción del turismo urbano.

Retomando el origen del significado de la palabra orientación, la Real Academia de la Lengua nos dice que consiste en la “posición o dirección de algo respecto a un punto cardinal” (RAE, 2001). Como vemos en estas breves ideas, la orientación en el ámbito urbano va más allá del oriente y el poniente. Se asocia al reconocimiento de los elementos del paisaje de la ciudad a los cuales se les ha otorgado histórica y culturalmente valores afectivos reconocidos por la idiosincrasia del lugar que acoge, y es así, a través del consenso colectivo, que se construye el sistema referencial de reconocimiento de una ciudad, a su vez que se vuelve éste una radiografía de lo cotidiano, de lo que sucedió y de lo que una ciudad tiene para ofrecer.

Si bien muchos autores hacen hincapié sobre la participación de todos los sentidos en la construcción de la imagen y memoria urbanas, que inciden a su vez en la consolidación de los referentes de orientación, el aspecto visual de reconocimiento es el que quizás impera en cumplir esta función, ya sea porque fácilmente a la distancia reconocemos el campanario de una iglesia conocida o una formación curiosa en el paisaje, que mental y emocionalmente nos ubica en un lugar familiar.

Cuando esto sucede, la sensación de gacela en la sabana se desactiva, y podemos decir que estamos “orientados”.

 

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