Por Isaac Salgado Ramírez*

La Ciudad Paralela - Vivienda INVU Ciudad 3

En nuestro país, se entiende la vivienda de interés social como la que se construye con subsidio del estado, que tiene un bajo costo y es dirigida a una población de bajos recursos. Esta forma de entenderlo genera grandes sesgos y limita las posibilidades que tiene la vivienda de interés social en la construcción de la ciudad y de los asentamientos humanos. De igual forma esta manera de entenderlo provoca que la inversión del estado no sea la más efectiva. Es por esta razón que no se debe enfocar una política de vivienda y su relación con el territorio desde los aspectos económicos, sino que los aspectos económicos deben responder a la situación socioespacial del país.

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La ciudad paralela-arquitectura de periferia asfalto 1

 

Algunas zonas periféricas del GAM se han transformado en las últimas décadas en verdaderos centros de entretenimiento, cultura y consumo. Son sectores donde, además de las tiendas, cines y restaurantes ya consolidados, cada vez más es posible asistir a galerías de arte, teatros, y a eventos masivos como ferias de moda, de comida orgánica, conciertos, etc. Dichas actividades son rentables porque su público meta no quiere ir a los centros urbanos tradicionales. No porque allí no exista oferta cultural, de entretenimiento, o de consumo, sino porque hay presas y es difícil encontrar parqueo. Él éxito comercial de la periferia radica, en gran medida, en que una gran parte de la población se acostumbró a ir solamente en carro a cualquier lugar al que necesite llegar. Quienes diseñan la periferia lo saben y han creado edificios donde el chofer es el privilegiado. Se puede decir que la arquitectura de la periferia es diseñada en función a quien busca parqueo.

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Para la mayoría de las personas, San José es su centro; no es un cantón ni mucho menos una provincia. Con su condición de centro se vuelve un referente definitorio para la identidad nacional, a raíz de la centralidad institucional, política, simbólica que históricamente se ha asentado hacia este punto del país, partiendo del hecho de que la centralidad en una ciudad se da por reunir una serie de variables y condiciones; es un rol, y se refiere a un proceso, no necesariamente a una ubicación física de centralidad.

Los centros históricos son un registro vivo que conserva el testimonio del pasado y su transformación para trascender y adaptarse para convivir con el presente. Preservan la evidencia del mito fundacional que la dota de un interés patrimonial (tangible e intangible) que le da “sentido” y consistencia al espacio que vivimos, ya que el suelo que hoy transitamos ha sido testigo de innumerables capas de historias de transformación constantes que el tiempo erosiona, y da como resultado la posibilidad de hacer una lectura retrospectiva de este palimpsesto; entender la actualidad como un resultado de transformación constante de la forma y la función de la ciudad, entendiéndola como lo que “permanece a través de sus transformaciones”[1].

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Dispersion urbana heredia - la ciudad paralela

(I)     Desde hace varios años, especialmente tras el estímulo dado por parte de la Municipalidad de San José a la construcción de torres habitacionales, se ha hablado en Costa Rica de la necesidad de “construir hacia arriba” y detener la expansión de la mancha urbana del Gran Área Metropolitana (GAM). Si bien es cierto que la cantidad de edificios de vivienda en altura ha aumentado, incluso fuera de San José, sigue predominando el desarrollo de urbanizaciones y condominios de baja densidad, compuestos por viviendas unifamiliares y donde difícilmente se encuentran edificios no-residenciales. Esto solo contribuye a la dispersión urbana del GAM.

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ciudad y niñez

ciudad y niñez

Por Luis A. Durán Segura*

Cada vez son más los trabajos de acción arquitectónica que se interesan por integrar a la niñez y sus contemplaciones y puntos de vista. Cuestión sintomática de un proceso general en donde se ha reconocido y criticado la existencia de relaciones históricas adultocéntricas que dominaban casi la totalidad de las agendas sociales. No en vano se puede recordar que los niños, a partir del siglo XIX, comenzaron a ser intensamente protegidos respecto a lo “público” y tuvieron un repliegue hacia las esferas “privadas” y “hogareñas”. Apareció la infancia como una categoría de tránsito, como una etapa únicamente de preparación para lo que sí vale: la niñez como expectativa, valorada por lo que será o dejará de ser.

Para no ir más lejos, la etimología misma del término infante (del latín infantis: “el que no habla” o “el que no puede hablar”) es bastante expresivo sobre esta condición. Justamente, ha persistido una concepción de la infancia dominada por la falta de “palabra”, de criterio, de responsabilidad, de discernimiento y de madurez. Esta invisibilidad se debe no solo al estatus jurídico dependiente que se les asigna; sino también a las limitaciones conceptuales relativas al campo de lo que se considera una participación efectiva. Negación que no aparece con los mayores de edad o adultos, quienes son considerados seres juiciosos y racionales, es decir, completos y plenos.

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